– Una afición, ¡vaya! -David giró al área de aparcamiento detrás del edificio de la reunión-. ¿Cuántos años tiene ese tipo? ¿Tiene familia? ¿Y cómo es que nunca viene aquí?

– La verdad es que tiene una hija -empezó Shea con cautela.

¿Qué pensaría David si le contara toda la historia?

– Una hija afortunada. ¿Y dónde puedo conocerla?

David se rió mientras salía del coche y se apresuraba a abrir la puerta del pasajero para ella. Eso le ahorró a Shea tener que dar una respuesta.

La sala que usaba la Asociación para el Progreso era vieja y destartalada y dejaba mucho que desear. Sin embargo, una gran multitud se aventuraba a asistir a las reuniones. Por muy aburridas que fueran, siempre aparecía un buen número de ciudadanos concienciados, reflexionó Shea mientras tomaba asiento con David en los bancos delanteros.

Rob, el moderador, tocó la campanilla y la reunión comenzó. No pasó mucho tiempo hasta que la discusión decayó y Shea se distrajo.

Por supuesto, tenía los pensamientos puestos en las revelaciones de Niall acerca de la gran casa blanca. Joe Rosten, el propietario y amigo del padre de Alex debía de tener ahora cerca de los setenta años y probablemente se habría retirado. ¿Habría decidido regresar a Byron Bay? Esa idea le trajo otras consideraciones alarmantes. Quizá su única hija lo acompañara.

Y su yerno.

– Bueno, yo no pienso involucrarme en ninguna manifestación de protesta.

La voz grave de David sacó a Shea de sus ensoñaciones, sintiéndose un poco culpable por no haber prestado ninguna atención.

– Estoy segura de que no será para tanto -empezó ella sin tener ni idea del tema por el que David mostraba tanto desagrado.

– Quizá sea un poco prematuro -sugirió una voz profunda desde el final de la sala.

Un hombre alto de pelo fino estaba avanzando hacia delante.

Llevaba unos vaqueros ajustados y una camisa lisa con las mangas enrolladas.

La dura luz fluorescente iluminó el reloj de oro de su muñeca izquierda, en cuya mano llevaba, en el dedo anular, un anillo de casado.

Todo aquello lo captó Shea de forma inconsciente. Su cuerpo abotargado no parecía poder reaccionar. Si hubiera estado sola y hubiera sido capaz de responder al sonido de aquella voz, a la vista de aquella cara familiar y desconocida a la vez, sabía que se habría desmayado.

Entonces, la audiencia pareció desvanecerse y sus ojos se encontraron, los de color café con los asombrados verdes marinos. Y el corazón de Shea empezó a acelerarse.

Capítulo 2

¡CÓMO HUBIERA deseado Shea poder estar sentada, en silencio, sola y recuperar algún amago de compostura apartada del público que atestaba la sala de reuniones! En aquellos interminables segundos sintió que toda su vida pasaba por delante de ella, con todos los placeres y dolores, con todos los logros, con todos los que ella consideraba fallos.

Ella era una niña pequeña en Brisbane, criándose en el calor y la seguridad del cuidado y amor de su madre. Era una huérfana de doce años viajando en dirección sur hacia Byron Bay para empezar una nueva vida con Norah Finlay, una madrina a la que apenas conocía. Era empujada al círculo desconocido de Norah y su hijo, Jamie. Y el sobrino de Norah, Alex.

Recordó de forma vívida el momento en que había conocido a Alex Finlay. Estaba grabado en su mente con una claridad que ensombrecía su llegada a la pintoresca costa de Byron Bay y a su encuentro con Norah y Jamie. Y aparentemente, sus recuerdos de aquel primer encuentro con él eran capaces de alterarla todavía.

Ella llevaba viviendo una semana con Norah y con su hijo de quince años, Jamie, cuando el sobrino de Norah había vuelto de una excursión escolar a Canberra, la capital de la nación. Sin embargo, en aquella semana de ausencia de Alex Finlay, su reputación le había precedido.

Era evidente que Norah lo adoraba y que, si todo lo que decía Jamie era verdad, el primo de dieciséis años debía de ser una especie de dios. Alex era, académicamente, el genio del colegio. Y también destacaba en los deportes. Alex era, bueno, Alex lo era todo para todo el mundo.

Vivía, según le contaron a Shea, con su padre viudo en una casita de campo en la misma calle de Norah. El padre de Alex y el difunto padre de Jamie eran hermanos y Alex era para él más un hermano que un primo.

Y Shea había pensado, en aquellos días anteriores al encuentro de Alex, que era una clara indicación del carácter de Jamie el que no hubiera demostrado ninguna envidia hacia su perfecto primo.

Alex fue a visitarlos en cuanto llegó de Canberra. Jamie había dicho que Alex no parecía llevarse muy bien con su padre. Y más adelante, Shea descubriría que Donald Finlay era un hombre autoritario y frío, el tipo de persona que no fomentaba que nadie se le acercara, incluido su propio hijo.

Shea se encontraba en su habitación preparando con nerviosismo sus libros de texto para el primer día de escuela cuando oyó el sonido de voces de bienvenida desde el salón. Un momento más tarde, oyó una llamada en su puerta y asomó Jamie con cara sonriente para decirle que Alex estaba ya en casa y que debía ir a saludarle.

Y ella fue. Con desgana. No sólo era bastante tímida siempre que conocía a alguien nuevo, sino que no sentía mucha inclinación a conocer a alguien tan reverenciado por su nueva familia. ¿Y si Alex Finlay, universalmente reconocido como tan perfecto, resultaba ser un arrogante insoportable? Ella suponía que simplemente tendría que aparentar que le caía bien, por el bien de Norah y de Jamie.

Entró en el salón detrás de Jamie. Allí estaba.

Llevaba el pelo fino muy largo, en una melena ondulante con las puntas decoloradas por el sol. Y sus ojos eran oscuros, enmarcados por unas pestañas aún más oscuras. Más tarde, descubriría que sus ojos eran castaños claros y que se volvían del color del chocolate oscuro si se apasionaba por algo. O por alguien.

Otras temerosas sensaciones la habían asaltado. De repente, se había sentido turbada. Era consciente de que ella era tan alta como Jamie, que tenía tres años más. Sus piernas parecían demasiado largas, su cuerpo demasiado delgado, su pelo indescriptible. Y sintió una necesidad imperiosa de ser mayor de lo que era.

Alex se levantó de la silla en cuanto entró Shea, y ella sintió de repente las piernas tan flácidas como la goma. Tenía los hombros tensos bajo la camiseta y sus vaqueros acentuaban sus estrechas caderas y largas piernas.

– Shea, este es mi primo, Alex Finlay -le presentó Jamie con evidente placer-. Alex, nuestra nueva hermana, Shea Stanley.

– La madre de Shea y yo éramos amigas íntimas desde el colegio -explicó Norah-. Incluso aunque hemos vivido en estados diferentes, siempre nos mantuvimos en contacto.

Mientras Shea deslizaba los ojos sobre él, absorbiendo cada rasgo, él hacía lo propio. Cuando sus ojos se encontraron, se clavaron en el del otro y transmitieron un mensaje explosivo.

Ese fue el momento en que se había enamorado de él. Así de simple. Se habían mirado el uno al otro y la tierra había parecido girar a un ritmo vertiginoso.

Ella podía recordar una multitud de incidentes a través de los años, pero aquel primer momento electrizante seguiría vivo en su memoria hasta el día en que muriera. Hubiera deseado correr hacia él y correr para alejarse de él, todo a la vez.

Y también había sabido que Alex había sentido exactamente lo mismo que ella mientras que la mirada extrañada de Jamie había mostrado que él también se había dado cuenta.

Así que aquí estaban dieciséis años más tarde. Cara a cara. Y habían pasado tantas cosas en ese período de tiempo… Pero su maravilloso comienzo había terminado en aquella fría tarde otoñal once años atrás. Once años. No había vuelto a verlo desde entonces. Y ahora…

La mirada de sorpresa de ella captó el cambio experimentado en él, enviando mensajes a aquella parte de lo más hondo de su memoria que había almacenado todos los recuerdos de él. Si la actual relación ante su presencia era alguna señal, ella podría seguir siendo la misma adolescente de entonces. Y su respuesta ante su aparición repentina la llenaba de horror. Tendría que admitir que no tenía nada que ver con una sorpresa inesperada ante una llegada no anunciada.

El ruido de la reunión remitió y la multitud se desvaneció en el fondo mientras sus miradas se encontraban.

Después de que pasara aquella momentánea pausa, el pasó por delante de ella avanzando hasta la mesa principal para darle la mano a Rob, el moderador.

– Rob Jones, ¿te acuerdas de mí? Alex Finlay.

El otro hombre esbozó una sonrisa al recordarle.

– Vaya, vaya. Alex Finlay. Después de tantos años. ¿Cómo podría olvidar al ganador de la final de fútbol? No hemos vuelto a ganar ningún partido importante desde que tú te retiraste.

Unos cuantos hombres más se unieron y estrecharon la mano de Alex por turno, dándole palmadas en la espalda y la bienvenida a uno de los hijos predilectos de la ciudad.

Y Shea se desplomó lentamente en su silla, sabiendo que todo lo que tanto había temido se había hecho realidad. La misma persona que había dado la vuelta a su vida de joven, había vuelto para acabar con su ordenado mundo.

– ¿Quién es? -preguntó David a su lado-. ¿Lo conoces, Shea? Todo el mundo parece conocerlo-. ¿Finlay? -arqueó las cejas y volvió la mirada intensa hacia ella-. No será pariente tuyo, ¿verdad?

Shea contuvo una risa histérica que amenazaba con dominarla.

– No -sacudió la cabeza-. No, no. Es una especie de primo. Por matrimonio.

– Oh.

David siguió mirándola de forma interrogante y ella tragó saliva para aclararse la garganta.

– Era familia de Jamie, mi marido.

– Ya entiendo. Supongo que Alex Finlay ha estado fuera.

– Sí. Se fue de Byron Bay antes de que Jamie y yo nos casáramos.