Estaba completamente indignada.

Murat la había hecho encerrar en el harén.


Murat se encaminó hacia el ala de negocios del palacio. La furia lo hacía andar deprisa. Después de todos aquellos años, Daphne Snowden osaba volver a Bahania única y exclusivamente para zarandear de nuevo su mundo.

¿Acaso había vuelto para pedirle perdón? Por supuesto que no. La muy osada lo había mirado a los ojos y le había hablado como si fueran iguales. En resumen, lo había desafiado.

Murat pasó junto a los guardaespaldas apostados en la puerta y entró en el despacho de su padre.

– Está aquí -anunció.

El rey enarcó las cejas.

– No pareces muy contento -comentó -. ¿Qué ha ocurrido con tu prometida?

– No es mi prometida.

El rey suspiró y se puso en pie.

– Murat, ya sé que no estás del todo de acuerdo con esta boda, que has dicho varias veces que la chica es demasiado joven e inexperta, que no crees que pueda ser feliz aquí, pero de nuevo te pido que le des una oportunidad.

Murat se quedó mirando a su padre. La ira se había apoderado de él y bullía en sus venas, pero, después de toda una vida de no mostrar sus reacciones, logró disimular.

– No me has entendido, padre -le explicó-. No se trata de Brittany Snowden sino de Daphne Snowden.

– ¿Tu ex novia?

– Sí -se apresuró a contestar Murat.

Cuando diez años atrás Daphne había desaparecido sin dejar ni una sola nota, Murat había prohibido a todo el mundo que le hablara de ella, pero, por supuesto, su padre estaba por encima de aquella prohibición.

– Intenta desafiarme -comentó yendo hacia un ventanal-. Por lo visto, no va a permitir que me case con su sobrina -añadió riendo-. Como si ella pudiera decirme a mí, al príncipe heredero Murat de Bahania, lo que tengo que hacer con mi vida.

– Así que te quejas porque Daphne no quiere que te cases con una mujer con la que tú tampoco querías casarte.

– No se trata de eso -contestó Murat cruzándose de brazos-. De lo que se trata es de que esa mujer no respetó mi posición hace diez años y sigue sin hacerlo.

– Comprendo que te moleste su actitud -comentó el rey-. ¿Y dónde está?

– Le he ofrecido un lugar donde quedarse mientras se arregla esta situación -contestó Murat.

– Me sorprende que Daphne haya accedido a quedarse.

– Lo cierto es que no le he dado opción -confesó Murat-. He hecho que la guardia la llevara al harén.

El rey lo miró sorprendido.

– ¿Al harén?

Murat se encogió de hombros.

– Tenía que detenerla de alguna manera. Ya ha hecho bastante haciendo que mi avión, que mandé para recoger a Brittany, volviera a Estados Unidos nada más aterrizar. Aunque me ha faltado al respeto de manera insoportable, no me parecía oportuno encerrarla en una mazmorra. El harén es un lugar cómodo. Estará bien hasta que yo decida qué voy a hacer con ella.

Aunque el harén no se utilizaba como tal desde hacía más de seis décadas, las estancias seguían manteniéndose con su esplendor original. Daphne estaría rodeada de todo tipo de lujos, excepto del de la libertad.

– Ha sido culpa suya. ¿Cómo se le ocurre interponerse entre su sobrina y yo? Aunque nunca he estado interesado en Brittany y sólo accedí a conocerla para complacerte, Daphne no tenía derecho a inmiscuirse en mis asuntos.

– Tienes razón. ¿Y qué vas hacer con ella?

– No lo sé -admitió Murat.

– ¿Vas a hacer que tu avión regrese antes de llegar a Estados Unidos?

– No -contestó Murat-. Lo cierto es que esa chica no me interesa en absoluto, como tú bien sabes.

Murat era consciente de que tenía que casarse y tener herederos, pero no estaba dispuesto a pasarse la vida con una jovencita superficial.

– A lo mejor hago que se quede durante unos días… para enseñarle una lección.

– ¿En el harén?

– Sí -sonrió Murat-. No le va gustar nada.


Daphne encontró su equipaje en una de las habitaciones más grandes del harén. Los dormitorios estaban compuestos por varias habitaciones privadas, reservadas a las mujeres que habían obtenido el favor del rey. Las estancias estaban decoradas con gusto. Alfombras antiquísimas cubrían los suelos y había muebles de madera labrada por todas partes.

Daphne ignoró las maletas y se acercó a las paredes. ¿Cómo habían llegado hasta allí? Nadie había entrado por la puerta principal porque ella lo habría visto, lo que quería decir que debía de haber una entrada secreta en algún lugar.

Tras un buen rato buscándola sin éxito, Daphne decidió volver a intentarlo más tarde y salió al patio ajardinado. Una vez fuera, el vuelo de dos aves llamó su atención y, al levantar la cabeza, vio que se trataba de dos preciosos loros de colores tropicales.

– En los harenes siempre había loros porque sus gritos ocultaban las voces de las mujeres – dijo una voz a sus espaldas.

Daphne se giró y se encontró con Murat.

Al instante, sus hormonas sexuales la traicionaron y, para su desesperación, en lugar de encontrarse odiándolo, se encontró experimentando un extraño placer por volver a verlo.

Abandonarlo diez años atrás había sido lo más razonable que pudo hacer, pero le había costado mucho tiempo olvidarse del amor que sentía por él. Ni el dolor de saber que no la amaba lo suficiente como para ir a buscarla había hecho que se recuperara más deprisa.

– La inmensa mayoría de los loros de aquí son ya mayores, pero hace poco una pareja más joven anidó en el jardín y tuvo una nueva generación – le explicó Murat.

– Ya no hay mujeres en el harén, así que ¿para qué seguís teniendo loros?

Murat se encogió de hombros.

– A veces cuesta cambiar las costumbres. En cualquier caso, no creo que te interese lo más mínimo hablar de las nuestras. Supongo que querrás hacerme algunas preguntas.

Daphne asintió.

– ¿Qué vas a hacer con Brittany?

– Nada.

– ¿No vas a ordenar que tu avión dé la vuelta?

– No. A pesar de la idea que tienes de mí, no voy a forzar a mi prometida a que se case conmigo. Vendrá por su propia voluntad.

– Te equivocas. Brittany no se va a casar contigo.

Murat la miró con desinterés.

– ¿Cuánto tiempo me vas a retener aquí? – quiso saber Daphne.

– Todavía no lo he decidido -contestó Murat.

– Mi familia acudirá en mi rescate. Por si no lo sabes, tienen mucho poder político.

Murat no parecía impresionado en absoluto.

– Lo único que sé de tu familia es que sigue siendo tan ambiciosa como antes, tal y como demuestra que tu hermana quiera que una Snowden se case con el príncipe heredero de Bahania.

Daphne sabía que era cierto.

– Yo no soy como ellos.

– Te creo -contestó Murat-. La cena se sirve a las siete. Por favor, vístete adecuadamente.

– ¿Y si no quiero cenar contigo? -rió Daphne.

– No tienes opción -contestó Murat-. En cualquier caso, quieres cenar conmigo. Tienes muchas preguntas que hacerme. Lo veo en tus ojos.

Y, dicho aquello, se giró y se fue.

– Qué hombre tan molesto -murmuró Daphne una vez a solas.

Lo peor era que tenía razón. Tenía un montón de preguntas y, lo que era todavía peor, un deseo implacable de cerrar lo que había quedado sin terminar entre ellos.

A pesar de que había pasado mucho tiempo y de que Murat había cambiado, Daphne no había perdido ni un ápice de interés por el único hombre al que había amado.

Capítulo 3

Daphne abrió la maleta y se quedó mirando su contenido. Aunque una parte de ella quería ignorar lo que le había dicho Murat de que se vistiera adecuadamente para cenar, otra parte le apetecía estar increíble y dejarlo con la boca abierta.

Eligió un sencillo vestido sin mangas y lo colgó de una percha en la puerta del baño mientras se duchaba.

Un cuarto de hora después, Daphne salía de la ducha sintiéndose de maravilla y se fijó en que había un montón de maquillajes y productos para el cuidado de la piel sobre la cómoda que había junto al espejo.

Allí donde mirara había mármol, oro, madera labrada y espejos biselados. ¿Cuántas mujeres se habrían mirado en aquellos espejos acicalándose para encontrarse con un miembro de la familia real?

¿Cuántas historias de amor habrían presenciado aquellas paredes? ¿Cuántas risas? ¿Cuántas lágrimas?

Daphne pensó que, sí las circunstancias hubieran sido diferentes, habría disfrutado de encontrarse en aquella parte del palacio.

«¿A quién pretendo engañar? Pero si lo estoy disfrutando un montón», pensó.

A Daphne siempre le habían encantado aquel palacio y aquel país. El único problema había sido Murat. Al principio, no había sido así. Al principio, Murat había sido encantador y misterioso, exactamente el tipo de hombre que Daphne siempre había querido conocer.

Mientras se ponía los rulos calientes, Daphne recordó aquella maravillosa fiesta a la que habían acudido en España, aquella fiesta en la que se habían conocido.

Durante el verano de su último curso universitario, había decidido irse a viajar por Europa para evitar a los amigos ricos y ostentosos de sus padres. Sin embargo, cuando se encontraba en Barcelona, no había tenido más remedio que acceder a los deseos de su madre, que le había rogado que fuera a un cóctel que organizaba el embajador.

A los diez minutos de estar en la fiesta, ya estaba aburrida y se quería ir, pero conoció entonces a cierto hombre alto, guapo y que la hizo reír al pedirle ayuda para darle esquinazo a la hija pequeña de los anfitriones, que lo perseguía con intenciones amorosas.

– Cuando venga, yo me meto debajo de la mesa y usted le dice que no me ha visto, ¿de acuerdo? – le había pedido Murat mirándola con sus maravillosos ojos negros.

En aquel momento, Daphne había sentido que el corazón le daba un vuelco, se había ruborizado y había pensado que estaría dispuesta a seguir a aquel hombre al fin del mundo.