– Le iría bien cortarse el pelo -se limitó a decir Elly.

– Sí, señora.

Will volvió a ponerse el sombrero, que le ocultó de nuevo los ojos mientras observaba las prendas raídas de algodón de la mujer, las mangas remangadas hasta el codo, la falda manchada donde más le sobresalía la tripa. Puede que hubiera sido hermosa, pero parecía haber envejecido antes de tiempo. Quizá fuera cosa del pelo, que le caía en mechones como hierbajos desde la nuca, donde lo llevaba sujeto. Calculó que tendría treinta años, pero pensó que si sonriera se quitaría cinco de encima.

– Yo soy Eleanor Dinsmore… La señora de Glendon Dinsmore.

– Will Parker -respondió, mientras se tocaba el ala del sombrero con la mano a modo de saludo, antes de volver a meterse el pulgar en el bolsillo trasero del pantalón.

Elly supo de inmediato que era un hombre de pocas palabras, y eso le gustaba. No había hecho las preguntas que hubieran hecho la mayoría de hombres, ni siquiera cuando le había dado pie. Así que siguió hablando ella.

– ¿Lleva mucho tiempo aquí?

– Cuatro días.

– ¿Cuatro días, dónde?

– He estado trabajando en el aserradero.

– ¿Para Overmire?

Will asintió.

– No es buena persona. Estará mejor trabajando aquí. -Le indicó lo que les rodeaba con la mirada y prosiguió-: Yo he vivido toda mi vida aquí, en Whitney.

No suspiró, pero no tuvo que hacerlo. Will notó el hastío en sus palabras cuando observaba el deprimente patio. Volvió a mirar a Will y apoyó una mano huesuda en la panza. Cuando volvió a hablar, su voz contenía un ligero asombro.

– Colgué el anuncio en el aserradero hace más de tres meses y usted es el primer hombre lo bastante insensato como para subir hasta aquí para informarse al respecto. Sé lo que es este sitio. Sé lo que soy yo. Abajo, en el pueblo, dicen que estoy chiflada. -Echó la cabeza hacia delante en un gesto de desafío-. ¿Lo sabía?

– Sí, señora -respondió Will con tranquilidad.

Su rostro reflejó sorpresa y, acto seguido, soltó una risita.

– Es usted franco, ¿verdad? Bueno, es que no comprendo por qué todavía no ha salido corriendo, eso es todo.

Will cruzó los brazos y cambió el peso de pie. Aquella mujer andaba muy desencaminada. En cuanto se enterara de sus antecedentes penales, tendría que irse camino abajo más de prisa que una cucaracha cuando se encendía la luz. Decírselo era como ponerle una escopeta en las manos. Pero tarde o temprano iba a averiguarlo; era mejor quitárselo de encima de una vez.

– Tal vez sea usted quien debería salir corriendo.

– ¿Y eso?

– He estado en la cárcel -le anunció, mirándola fijamente a los ojos-. Es mejor que lo sepa desde el principio.

Esperaba señales rápidas de rechazo. Pero Eleanor Dinsmore sólo frunció la boca y comentó en tono de mal genio:

– Quítese el sombrero para que pueda ver con qué clase de hombre estoy hablando.

Se lo quitó despacio y, al hacerlo, dejó al descubierto un semblante carente por completo de expresión.

– ¿Por qué lo encerraron? -preguntó entonces Elly.

Por la forma nerviosa en que Will se golpeaba el muslo con el ala del sombrero, notó que quería volver a ponérselo. Le gustó que no lo hiciera.

– Dicen que maté a una mujer en un burdel de Tejas.

La respuesta la dejó atónita, pero era tan buena como él poniendo cara de póquer.

– ¿Lo hizo? -Seguía con la mirada fija en los ojos inmutables de Will Parker. El control. La inexpresividad. Vio cómo la nuez se le movía al tragar con fuerza.

– Sí, señora.

– ¿Tenía un buen motivo para hacerlo? -preguntó, reprimiendo de nuevo su sorpresa.

– Eso creía entonces.

– Bueno, Will Parker, ¿planea hacerme lo mismo a mí? -dijo sin rodeos.

La pregunta pilló por sorpresa a Will, que esbozó una media sonrisa.

– No, señora -contestó tranquilamente.

Elly lo miró fijamente a los ojos, se acercó un par de pasos a él y decidió que no tenía aspecto de asesino y que tampoco se comportaba como si lo fuera. Desde luego, no era ningún mentiroso, tenía los brazos de un hombre muy trabajador y no iba a darle la lata hablando por los codos. Con eso le bastaba.

– Muy bien. Puede entrar en la casa entonces. ¿No dicen que estoy chiflada? Pues vamos a darles motivos para que lo hagan.

Cargó con el niño pequeño y dirigió al mayor por la nuca hacia dentro. Mientras andaba, éste se volvió para ver si Will los seguía; el que iba en brazos lo miraba por encima del hombro de su madre, pero ella le dio la espalda como para decirle que hiciera lo que quisiera.

Andaba como un pelícano, balanceándose a cada paso de modo desgarbado. Tenía el pelo sin brillo, los hombros redondeados y las caderas anchas.

La casa era esperpéntica; iba en varias direcciones a la vez, como si la hubieran construido por etapas, de modo que cada anexo hubiera seguido la inspiración del momento. La parte principal estaba orientada hacia el noroeste, un ala daba al oeste, y la entrada, al este. Las ventanas eran cuadradas, había remiendos de cinc en el tejado, y los peldaños del porche se estaban pudriendo.

Pero el interior olía a pan recién hecho.

Los ojos de Will lo encontraron, enfriándose en la cocina, debajo de un paño. Cuando Eleanor Dinsmore dejó al niño pequeño en una trona y le ofreció una taza de café, tuvo que hacer un esfuerzo para prestarle atención.

Asintió en silencio, sin atreverse a pasar del felpudo de la puerta de la cocina. Desde ahí, observó cómo ella tomaba dos tazas resquebrajadas y las llenaba con el líquido de una cafetera de esmalte blanco que descansaba sobre la cocina económica de hierro. Mientras, el niño rubio se le escondía entre las faldas y entorpecía sus movimientos.

– Suéltame para que pueda servir este café al señor Parker, Donald Wade. -El niño siguió aferrado a ella, sin dejar de chuparse el dedo, hasta que al final se agachó para cargarlo-. Este es Donald Wade -anunció-. Es un poco vergonzoso. No ha visto muchos desconocidos en su vida.

– Hola, Donald Wade -lo saludó Will, que seguía en la puerta.

Donald Wade escondió la cabeza en el cuello de su madre sin decir nada mientras ella se sentaba en una silla de madera, a la mesa cubierta con un hule de flores rojas.

– ¿Se va a pasar toda la noche en esa puerta? -preguntó.

– No, señora. -Se acercó a la mesa con precaución, descorrió una silla y se sentó lejos de Eleanor Dinsmore, con el sombrero calado hasta las cejas. Y, aunque ella esperó, se limitó a tomar un sorbo de café caliente sin hablar, dirigiendo de vez en cuando los ojos hacia ella, hacia el niño y hacia algo que tenían detrás.

– Supongo que le gustaría saber cosas sobre mí -dijo Elly por fin.

Alisó la parte posterior de la camisa de Donald Wade con la palma de una mano y esperó una serie de preguntas que no llegaron. En la cocina sólo se oía el ruido del pequeño que golpeaba con la manita la bandeja de madera de la trona. Elly se puso de pie y fue a buscar una galleta para dejársela en ella. El pequeño gorjeó, la sujetó con toda la mano y empezó a morderla con las encías. Su madre se quedó detrás de él, apartándole una y otra vez el pelo de la frente mientras miraba a Will. Hubiera preferido que Will la mirara, que se quitara el sombrero para que pudieran empezar. Donald Wade la había seguido y volvía a tenerlo aferrado a sus faldas. Sin dejar de acariciar el pelo de su hijo pequeño, buscó la cabecita de Donald Wade con la otra mano. Y de esa guisa, dijo lo que había que decir.

– El pequeño se llama Thomas. Tiene casi un año y medio. Donald Wade va a cumplir cuatro. Este va a nacer poco antes de Navidad, por los cálculos que he hecho. El nombre de su padre era Glendon.

Will Parker dirigió los ojos a la tripa de Elly, donde ella se había puesto una mano, y pensó que tal vez había más de una clase de cárcel.

– ¿Dónde está su padre? -quiso saber, tras mirarla a la cara.

– En el huerto frutal -respondió Elly a la vez que indicaba con la cabeza hacia el oeste-. Lo enterré ahí.

– Creía que… -Pero se calló.

– Tiene un modo extraño de no decir las cosas, señor Parker. ¿Cómo va nadie a formarse una opinión sobre usted si se muestra tan cerrado? -Will la observó. Le costaba soltarse después de cinco años, especialmente con los niños custodiándola-. Adelante, dígalo -le instó Eleanor Dinsmore.

– Creía que tal vez su marido la había abandonado. Muchos hombres lo están haciendo desde la depresión.

– Pero entonces no estaría buscando marido, ¿no cree?

– Supongo que no -respondió Will, que bajó los ojos de golpe hacia la taza de café con aire de culpabilidad.

– Y, en cualquier caso, a Glendon no se le hubiera ocurrido nunca marcharse. No tenía que hacerlo. Tenía tantos sueños que, en realidad, nunca estaba aquí, sino a kilómetros de distancia, soñando con esto o con aquello. Hubo un tiempo en que los dos tuvimos muchos sueños.

Por la forma en que lo miró, Will supo que ya no le quedaba ninguno.

– ¿Cuánto tiempo hace que murió?

– Oh, no se preocupe, el hijo que estoy esperando es suyo.

– No he querido decir eso -se sonrojó Will.

– Claro que ha querido decirlo. He visto cómo me miraba cuando ha llegado. Murió en abril. Sus sueños lo mataron. Esta vez era el de las abejas y la miel. Creía que se haría rico produciendo miel en el huerto de árboles frutales, pero las abejas empezaron a enjambrar y él tenía demasiada prisa como para utilizar el sentido común. Le dije que disparara a la rama con una escopeta, pero no me hizo caso. Se encaramó a ella y, por supuesto, la rama cedió, y él se mató. Nunca me escuchaba demasiado.

Se quedó absorta mientras Will observaba cómo toqueteaba el pelo del pequeño con las manos.

– Algunos hombres son así -comentó Will. Las palabras le resultaron extrañas al decirlas. Dar consuelo, o recibirlo, era algo ajeno a él.