¿Un marido?

Los ojos de Will retrocedieron para leer el anuncio completo, el mismo que la mujer había colgado en el tablón que había sobre el reloj de fichar del aserradero:


SE BUSCA MARIDO

se necesita un hombre sano de cualquier edad,

dispuesto a explotar una granja y compartirla

Razón: E. Dinsmore,

al final del camino de Rock Creek


¿Un hombre sano de cualquier edad? No era extraño que los operarios del aserradero dijeran que estaba chiflada.

Siguió adelante: alguien vendía alfombras de retales hechas en casa; un pueblo cercano necesitaba un dentista y, un negocio, un contable.

Pero nadie necesitaba un vagabundo recién salido de la cárcel de Huntsville que, en su momento, había recolectado fruta, transportado cargas, arreado ganado y recorrido la mitad del país.

Volvió a leer el anuncio de E. Dinsmore: «Se necesita un hombre sano de cualquier edad, dispuesto a explotar una granja y compartirla.»

Entrecerró los ojos bajo el ala del sombrero mientras analizaba las palabras. ¿Qué clase de mujer pondría un anuncio para buscar un hombre? Pero, puestos a pensar, ¿qué clase de hombre se plantearía responder a él?

Los dos parroquianos se habían vuelto en los taburetes y lo miraban abiertamente. La camarera estaba apoyada en la barra, charlando con ellos y dirigiendo a menudo la mirada hacia Will. Cuando éste se levantó de la mesa, se acercó al mostrador de cristal de los puros para reunirse con él. Will le entregó el periódico y se llevó la mano al ala del sombrero, aunque no lo movió.

– Muchas gracias.

– Cuando guste. Es lo menos que puedo hacer por un nuevo vecino. Me llamo Lula.

Le tendió una mano flácida con unas garras pintadas del mismo bermellón que los labios. Will observó la mano y la inclinación insinuante de la cadera: el mensaje inconfundible que algunas mujeres no pueden evitar mandar. Llevaba el pelo decolorado y recogido de modo que le caía sobre la frente en una deliberada imitación de la última sex-symbol de Hollywood, Betty Grable.

Will le tendió finalmente la mano para darle un breve apretón, acompañado de un saludo más breve aún con la cabeza. Pero no le dijo su nombre.

– ¿Podría indicarme cómo llegar al camino de Rock Creek?

– ¿El camino de Rock Creek?

Volvió a asentir con la cabeza.

Los dos hombres se rieron por lo bajo. La sonrisa seductora de Lula se desvaneció.

– Pasado el aserradero, tome la primera carretera hacia el sur y, después, la primera que tuerce a la izquierda.

– Muchas gracias -dijo Will, que retrocedió y se tocó el sombrero a modo de despedida antes de marcharse.

– Hay que ver -resopló Lula mientras lo veía pasar frente al escaparate del café-. Qué huraño es.

– Parece que no se quedó prendado de tu sonrisa, ¿verdad, Lula?

– ¿De qué sonrisa estás hablando, imbécil? ¡Yo no le he sonreído! -Recorrió la barra y la golpeó con un trapo húmedo.

– ¡Y tú que creías que iba a caer! -Orlan Nettles se inclinó sobre la barra y le pellizcó el trasero.

– ¡Maldita sea, Orlan, quítame las manazas de encima! -chilló ella, retorciéndose e intentando atizarle con el trapo húmedo.

Orlan volvió a sentarse bien en el taburete, con las cejas arqueadas.

– ¡Pero bueno! ¿Has visto eso, Jack? -Jack Quigley dirigió una mirada divertida a ambos-. No había visto nunca a Lula apartarle la mano a un hombre. ¿Y tú, Jack?

– ¡Sólo sabes decir groserías, Orlan Nettles! -exclamó Lula.

Orlan sonrió perezosamente, levantó la taza de café y la miró por encima del borde.

– ¿Tú qué crees que va a hacer ese tipo en el camino de Rock Creek, Jack?

– Puede que vaya a ver a la viuda de Dinsmore -contestó Jack, dando por fin señales de vida.

– Puede. No se me ocurre qué más puede haber encontrado en ese periódico, ¿y a ti, Lula?

– ¿Cómo quieres que sepa qué va a hacer en el camino de Rock Creek? No ha abierto la boca ni para decir su nombre.

– Sí -convino Orlan tras apurar el café que le quedaba. Luego se secó las comisuras de los labios con el dorso de la mano-. Diría que iba a ver a Eleanor Dinsmore.

– ¿A esa chiflada? -soltó Lula-. Pues si es así, volverá al pueblo a toda pastilla.

– Ya te gustaría, ya… ¿A que sí? -Orlan soltó una risita y se levantó del taburete antes de dejar una moneda de cinco centavos en la barra.

Lula recogió la propina, se la metió en el bolsillo y dejó la taza de café de Orlan en un fregadero que había debajo del mostrador.

– Venga, marchaos los dos. No gano nada con teneros aquí tomando café.

– Vamos, Jack. ¿Qué te parece si nos damos un paseo hasta el aserradero para husmear un poco y ver si nos enteramos de algo?

Lula se lo quedó mirando, negándose a pedirle que volvieran y le contaran lo que averiguaran sobre el forastero alto y guapo. El pueblo era pequeño; no tardaría demasiado en descubrirlo por sí misma.


Cuando Will encontró la casa de Eleanor Dinsmore ya era de noche. Usó la toalla verde para lavarse en un riachuelo antes de presentarse, y la dejó colgada en la rama de un árbol con el tarro de cristal debajo. El camino, si podía llamársele así, era escarpado y estaba lleno de piedras y de baches. Cuando llegó estaba sudado de nuevo, pero supuso que no importaba; de todos modos, aquella mujer no iba a aceptarlo.

Dejó el camino y se acercó entre los árboles sin dejarse ver, estudiando la granja. Estaba hecha un desastre: excrementos de gallina, montones de maquinaria oxidada, una cabra en un pequeño porche trasero que parecía a punto de derrumbarse, edificaciones destartaladas, tejas levantadas, herramientas a la intemperie, un tendedero con las cuerdas flojas, una tetera con el esmalte desportillado colgada de uno de los postes, y lo poco que quedaba de un huerto lleno de hierbajos.

Will Parker pensó que encajaba allí a la perfección. Salió al claro y esperó; no tuvo que hacerlo durante mucho tiempo.

Una mujer apareció en la puerta de la casa con un niño a la cadera y otro medio escondido tras ella chupándose el dedo. Iba descalza, llevaba la falda descolorida y con la parte derecha del dobladillo descosida y la blusa del color del agua enlodada. Su aspecto general era tan malo como el de su granja.

– ¿En qué puedo ayudarlo? -preguntó con voz monótona, recelosa.

– Estoy buscando a la señora Dinsmore.

– Soy yo.

– Estoy aquí por lo del anuncio.

– ¿El anuncio? -repitió y, tras subirse más al niño en la cadera, entornó los párpados para mirar mejor a Will.

– El del marido. -No se acercó, sino que se quedó donde estaba, al borde del claro.

Eleanor Dinsmore se mantuvo a distancia, sin poder distinguirlo demasiado. Vio que llevaba un sombrero de vaquero calado hasta las cejas y que se mantenía firme, a pesar de lo delgado que estaba, con los pulgares metidos en los bolsillos traseros del pantalón. Vio las botas camperas rayadas, una raída camisa de batista azul con los sobacos manchados de sudor y unos vaqueros descoloridos varios centímetros demasiado cortos para sus piernas larguiruchas. Supuso que no le quedaba más remedio que salir y echarle un buen vistazo. De todos modos, daba igual. Se marcharía.

Will la observó mientras esquivaba la cabra, bajaba los peldaños y cruzaba el claro sin apartar los ojos de él, con el pequeño aún a la cadera y el otro niño siguiéndola de cerca, descalzo como ella. Se acercó despacio, sin prestar atención a una gallina que cacareó y se apartó aleteando de su camino.

Cuando estuvo a un par de metros de distancia, deslizó hasta el suelo al niño, que se quedó de pie, sujetándole la rodilla.

– ¿Se ofrece para el puesto? -preguntó, sin sonreír.

La mirada de Will descendió hacia la tripa de la mujer. Estaba en un estado de gestación muy avanzado.

Ella lo contempló, convencida de que daría media vuelta y saldría corriendo. Pero no lo hizo, sino que volvió a mirarla a los ojos. Por lo menos, eso fue lo que le pareció cuando vio que el ala del sombrero se elevaba ligeramente.

– Supongo que sí -respondió completamente inmóvil, sin mover ni una pestaña.

– Yo soy quien puso el anuncio -le aseguró, para que no quedara la menor duda.

– Ya me lo ha parecido.

– Somos tres…, casi cuatro.

– Ya me lo ha parecido.

– Hay que trabajar mucho. -Esperó, pero el hombre no dijo que ya se lo parecía, ni siquiera miró de reojo todos los trastos viejos que había esparcidos por el patio. Así que añadió-: ¿Le sigue interesando?

No había visto a nadie capaz de estarse tan quieto.

– Supongo que sí.

Los pantalones le iban tan grandes que Eleanor creía que se le caerían al suelo en cualquier momento. Tenía la tripa hinchada, pero los brazos fuertes, con las venas marcadas en los lugares donde la piel era más pálida. Puede que estuviera delgado, pero no era ningún enclenque. Daría el callo.

– Pues quítese el sombrero para que pueda verlo bien.

A Will Parker no le gustaba quitarse el sombrero. Cuando lo habían soltado de la cárcel, lo único que le habían devuelto había sido el sombrero y las botas. El Stetson estaba grasiento y deformado, pero le tenía mucho apego. Sin él, se sentía desnudo.

Aun así, contestó con educación:

– Sí, señora.

Y una vez lo hubo hecho, siguió sin moverse, dejando que le examinara la cara. Era alargada y delgada como el resto de su cuerpo, con unos ojos castaños que parecía esforzarse mucho en mantener inexpresivos. Lo mismo ocurría con su voz; era respetuosa pero monótona. No sonreía, pero tenía una boca bonita con un labio superior muy bien formado y con dos elevaciones marcadas, algo que gustó a Elly Dinsmore. Tenía el pelo rubio oscuro, del color de un collie, enmarañado en la nuca y tras las orejas. Por delante, lo llevaba pegado a la frente, aplastado por la cinta del sombrero.