—¿Cree usted que necesita consuelo? —le preguntó Aldo.

—¡No me cabe duda! Claro que también podría haberse fabricado él mismo sus herederos, en lugar de dedicarse a recorrer los mares durante tres cuartas partes de su vida. Si se hubiera casado con Flora Mac Neil, su situación sería otra muy distinta.

—¿Quién es Flora Mac Neil?

—La joven con quien su padre, el viejo Angus, quería casarlo. Me consta que la chica no era muy bonita, pero tenía buena salud y una dote respetable, y habría parido hijos fuertes. Pero, bueno, sir Andrew no la quiso. Aunque no me diga que durante sus periplos alrededor del mundo no podría haber encontrado una mujer de su gusto...

—De hecho, encontró una, pero no era soltera y, por desgracia, él nunca amó a otra más que a ella.

Con una expresión desolada, el duende se echó hacia atrás el gorro para rascarse los grises e hirsutos mechones que crecían debajo.

—¡Qué mala suerte! De todos modos, tendría que haber pensado en su descendencia. Desde donde está ahora, debe de ser un castigo muy cruel contemplar cómo los hijos de la difunta Margaret, su pobre hermana loca, van trotando detrás de su ataúd para apoderarse de todos sus bienes.

—¿Su hermana estaba loca? —preguntó Morosini, que ni siquiera sabía que sir Andrew tuviera un pariente tan cercano.

—No tanto como para encerrarla, pero poco le faltaba. Había que estar bastante chiflada para encapricharse de un inglés, que encima era magistrado, cuando hubiera podido elegir un marido entre media docena de muchachotes de nuestra tierra. Fíjese usted en el resultado. Ese Desmond Saint Albans, que será a partir de ahora el décimo conde de Killrenan, parece un bote de mantequilla. En su favor sólo puede decirse que tiene un buen sastre. Sus hermanos se le parecen... en una versión más blanda. Su mujer, bueno, es más bien guapa, sólo que no es de aquí y eso se nota. ¡Mire cómo se tuerce los tobillos al andar con esos tacones tan altos sobre las piedras del camino! Es una flor de ciudad. Nunca ha vivido en el campo. ¡Ah, todo esto es muy triste!

El veneciano contuvo una sonrisa: ¡el viejo tenía buena vista! Los bonitos tobillos de lady Mary, que las medias de seda negra afinaban aún más, corrían en efecto grandes peligros mientras su dueña se veía obligada a realizar milagros de equilibrio a cada paso que daba. Se aferraba al brazo del «bote de mantequilla», que no disimulaba su fastidio por tener que sostenerla, cuando él habría preferido caminar solo detrás del cadáver, como correspondía a su nuevo rango.

Para Aldo había sido una sorpresa descubrir que esta pareja eran los herederos. Desde luego, sabía por la propia lady Mary que estaba casada con uno de los sobrinos de sir Andrew, pero ella jamás le había insinuado siquiera que su marido era uno de los que más derecho tenía al legado. Entonces, ¿era a ellos dos a quienes tenía que dar el pésame? Resultaba una perspectiva muy poco agradable, pero no podía soslayarla.

—¡Tenga! —dijo el duende, suspirando, mientras le devolvía el ramo—. Ha llegado el momento de reunirse con ellos, ¿no? Están entrando en la capilla.

—Pero ¿acaso no piensa acompañarme?

—No. Sólo he venido para saludar a Andrew a su regreso a nuestra tierra natal, pero no tengo nada que hacer en el castillo de Killrenan. Si le digo que mi nombre es Malcom Mac Neil, sin duda lo comprenderá: soy hermano de la chica que él rechazó... Por cierto, ¿quién es usted?

—Un extranjero, un amigo leal... y el hijo de la que lo rechazó.

—¡Ah! En tal caso será mejor que de momento no se acerque y aguarde a que todos se hayan ido para poder rezar en paz. Estos extranjeros no se quedarán mucho rato. Seguro que no han previsto dar una draigie. No saben ni jota de nuestras costumbres.

—¿Una draigie? ¿Qué es eso? Nunca había oído esa palabra.

—La fiesta de los funerales. Es una costumbre gaélica. A los vivos les reconforta comer y sobre todo beber buen whisky brindando por el que se ha ido. Que pase un buen día, señor.

El hombrecillo se alejó a paso vivo por la landa, mientras que, haciendo caso omiso de su consejo, Aldo se dirigió al castillo.

La ceremonia que se celebró en la cripta de la capilla fue sencilla y breve: un corto sermón del pastor, unas cuantas oraciones y, al tiempo que las gaitas entonaban Amazing Grace, el féretro fue colocado en un nicho todavía vacío. Hecho lo cual, los asistentes salieron en silencio. Únicamente Aldo se demoró un momento para depositar los cardos azules sobre el ataúd murmurando un último adiós.

Aunque le tentaba la idea de quedarse allí un buen rato a fin de que los amigos y la familia tuvieran tiempo de dispersarse, Aldo supo resistirse a ella. Sería descortés no expresar su condolencia y, aunque sus relaciones con la reciente condesa no eran muy buenas, esquivarla sería un acto de cobardía.

Al llegar al patio de armas, comprobó que las predicciones del duende se realizaban. Era evidente que el nuevo lord no tenía la menor intención de recibir a nadie en el castillo: él y los suyos, alineados delante de la capilla, iban estrechando manos y contestando a los pésames con unas pocas palabras y una expresión compungida. Aldo se dirigió hacia ellos.

Cuando se presentó a sir Desmond y le dio la mano, vio que en los ojos de éste, bastante apagados hasta entonces, se encendía una chispa de interés. En el mundo de los coleccionistas de toda clase de cosas, pero sobre todo de joyas, el príncipe veneciano, convertido en anticuario por necesidad y en experto en alhajas antiguas por afición, era muy conocido. El nuevo lord Killrenan pertenecía a ese mundo, de modo que cogió la ocasión por los pelos.

—¿Piensa quedarse un tiempo en Escocia? —preguntó.

—No. Hoy mismo me esperan en Inverness y mañana estaré en Londres.

—Supongo que permanecerá allí unos días para asistir a la famosa subasta, ¿no? Para mí sería un placer entrevistarme con usted, si pudiera dedicarme unos momentos.

—¿Por qué no? —contestó con amabilidad Morosini, pensando para sus adentros que para él no sería ningún placer, pues el nuevo lord no le gustaba nada. Como había dicho el duende, su rostro producía la impresión de haber sido modelado en mantequilla, pero tenía la particularidad de parecer al mismo tiempo duro. Sin duda eso se debía a sus rasgos inmóviles y a su mirada gris y apagada como una piedra.

Aldo se inclinó brevemente ante los dos hermanos siguientes para llegar por fin ante la esposa de Desmond. Se preguntó cómo esa mujer tan preciosa había podido unir su destino al de un personaje tan poco atractivo. Claro que, como el hombre tenía fama de ser un ferviente coleccionista de jades antiguos, debía de poseer una cuantiosa fortuna, y además cabía la posibilidad de que se hubiera contagiado de la pasión de Mary por las alhajas. Pero Morosini se equivocó al creer que ésta se contentaría con que la saludara y le dirigiera unas pocas palabras atinadas. Sin siquiera tenderle la mano, la condesa le espetó:

—Confiaba en que vendría. Usted y yo tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué, por Dios?

—Lo sabe muy bien, del brazalete de Mumtaz Majal.

—Ni la hora ni el lugar me parecen convenientes —dijo él con severidad—. Sobre todo porque no tengo nada que decir sobre el tema.

—No estoy de acuerdo. ¿Se atreve a negarme que me mintió cuando fui a verle y me aseguró que mi tío no se lo había dado? Entregó a nuestro notario una suma importante, producto de la venta de un objeto que le había confiado el difunto lord Killrenan.

—Es cierto. Mi viejo amigo me había dado en depósito un objeto, pero acompañado de una condición sine qua non: que no lo vendiera a ningún ciudadano británico, de cualquier sexo o características.

El rosado semblante, iluminado por unos ojos de un gris claro, se puso como la grana.

—¿Eso dijo mi tío? Y, por descontado, ese objeto era la pulsera, ¿no? ¿A quién se la vendió?

—La discreción es una de las principales reglas de mi profesión.

—Pero quiero saberlo...

—Querida, no deberías retener de este modo al príncipe Morosini —intervino la voz neutra de lord Desmond—. Lo están esperando, y nosotros debemos celebrar un consejo de familia. Nos veremos más adelante, ¿verdad? —añadió, dirigiéndole a Aldo una mueca que podía pasar por una sonrisa—. Por lo menos el día de la subasta, cuando todos estaremos allí.

El veneciano se inclinó sin decir palabra y abandonó el recinto del castillo para dirigirse al carruaje de alquiler que lo aguardaba en la landa. No le había gustado la última frase de sir Edmond: pese a su aparente amabilidad, le había parecido notar en ella una vaga amenaza. Pero de inmediato rechazó este pensamiento. Si empezaba a ver por todas partes enemigos y malas intenciones, no sólo no podría cumplir su misión, sino que acabaría por ver hombres negros y siniestros y elefantes rosas. El hecho de que la pasión por las piedras preciosas hubiera trastornado un poco a lady Mary y la circunstancia de que el fallecido sir Andrew detestara a su familia no significaban que el clan familiar estuviera compuesto de malhechores.

Había sido una suerte que por fin hubieran detenido al asesino del anciano lord —un hindú fanático que en la cárcel se había ahorcado con su propio turbante—, porque de otro modo Aldo habría achacado el crimen a los herederos. Para ser sincero, esta idea se le había ya ocurrido, a pesar de que el asesinato había tenido lugar lejos de los descendientes del duque.

Antes de subir al coche, dirigió una última mirada al viejo torreón feudal en cuya cima ondeaba el pabellón con los colores de los Killrenan, agitado por un viento súbito cargado de humedad. Lo más probable, se dijo con un matiz de desprecio, era que el anciano lord no gozara allí de otra compañía que la de sus antepasados.