Rió.

– Venid -me llamó; y esta vez me bajé de la mesa de un salto. Tuve que darme prisa para mantenerme a su altura mientras corría de habitación en habitación. Su falda ondeaba, como si la empujase un viento secreto. De cerca olía a algo dulce y picante, subrayado por el sudor. Movía la boca como si estuviera mascando algo.

– ¿Qué tienes en la boca, preciosa?

– Dolor de muelas -la joven sacó la lengua; sobre su punta sonrosada descansaba un clavo de olor. El espectáculo de aquella lengua me excitó. Tuve ganas de montarla.

– Ah, eso debe de molestar mucho -yo la libraría mucho mejor de aquella molestia-. Vamos a ver, ¿para qué me quiere ver tu señora?

Me miró, divertida.

– Imagino que os lo podrá decir ella.

Aflojé el paso.

– ¿Por qué tanta prisa? A tu señora no le importará, ¿no es cierto?, que tú y yo charlemos un poco por el camino.

– ¿De qué queréis hablar?

Empezó a subir por una escalera circular. Salté para ponerme delante de ella y cortarle el paso.

– ¿Qué clases de animales te gustan?

– ¿Animales?

– No quiero que pienses en mí como un dragón. Preferiría que me vieras como otra cosa. Algo que te caiga bien.

La muchacha pensó.

– Un periquito, quizá. Me gustan los periquitos. Tengo cuatro. Me comen en la mano -me esquivó para colocarse velozmente por encima de mí. Pero no siguió subiendo. Sí, pensé. He sacado mis mercancías y viene a verlas. Acércate más, cariño, y contempla mis ciruelas. Pálpalas.

– Un periquito, no -dije-. Seguro que no te parezco un tipo que arma bulla y sólo sabe imitar.

– Mis periquitos no hacen ruido. Pero, de todos modos, sois un artista, n’est-ce pas? ¿No es eso lo que hacéis, imitar la vida?

– Hago las cosas más hermosas de lo que son, aunque hay algunas, niña mía, que no se pueden mejorar con pintura -la evité para colocarme tres escalones por encima. Quería ver si vendría a mí.

Así fue. Mantuvo los ojos serenos y muy abiertos, pero apareció en su boca una sonrisa de complicidad. Con la lengua se pasó el clavo de una mejilla a otra.

Vas a ser mía, pensé. Estoy seguro.

– Quizá seáis un zorro, más bien -dijo-. Vuestros cabellos tienen un poco de rojo entre el castaño.

Torcí el gesto.

– ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¿Parezco taimado? ¿Engañaría yo a alguien? ¿Corro de lado y nunca en línea recta? Mejor un perro que se tumba a los pies de su señora y le es siempre fiel.

– Los perros quieren que se les haga demasiado caso -dijo la muchacha-, y saltan y me manchan la falda con las patas -dio la vuelta alrededor de mí, y esta vez no se detuvo-. Venid, mi señora espera. No debemos impacientarla.

Tendría que apresurarme; había perdido mucho tiempo con otros animales.

– Sé qué animal me gustaría ser -jadeé, corriendo tras ella.

– ¿Cuál?

– Un unicornio. ¿Sabes algo del unicornio?

La chica resopló. Había llegado al final de las escaleras y estaba abriendo la puerta de otra habitación.

– Sé que le gusta reclinar la cabeza en el regazo de las doncellas. ¿Es eso lo que ansiáis?

– Ah, no pienses tan mal de mí. El unicornio hace algo mucho más importante. Su cuerno tiene un poder especial, ¿no lo sabías?

La muchacha aminoró el paso y me miró.

– ¿Cuál es?

– Si un pozo está envenenado…

– ¡Ahí abajo hay un pozo! -se detuvo y señaló el patio a través de una ventana. Una chica más joven que ella se inclinaba sobre el pretil y miraba hacia el interior del pozo, mientras la luz dorada del sol le bañaba los cabellos.

– Jeanne siempre hace eso -dijo mi acompañante-. Le gusta verse reflejada -mientras mirábamos, la chica escupió dentro del pozo.

– Si ese pozo lo envenenaran, preciosa, o lo ensuciaran como acaba de hacer Jeanne, podría llegar un unicornio, introducir el cuerno y el pozo quedaría purificado. ¿Qué te parece?

La muchacha movió varias veces con la lengua el clavo que tenia en la boca.

– ¿Qué queréis que piense?

– Quiero que me veas como tu unicornio. Hay ocasiones en las que incluso tú te ensucias, preciosa. Les pasa a todas las mujeres. Es el castigo de Eva. Pero te puedes purificar, todos los meses, sólo con que me permitas atenderte -montarte una y otra vez hasta que rías y llores-. Todos los meses volverás al jardín del Edén -aquella última frase no fallaba nunca cuando cortejaba a una mujer: la idea de un paraíso tan sencillo parecía atraparlas. Siempre se me abrían de piernas con la esperanza de encontrarlo. Quizá algunas lo hallaban.

La joven se echó a reír, a voz en cuello ahora. Estaba lista. Extendí la mano para apretar la suya y sellar así nuestro pacto.

– ¿Claude? ¿Eres tú? ¿Por qué has tardado tanto?

Frente a nosotros se había abierto otra puerta y una mujer nos contemplaba, los brazos cruzados sobre el pecho. Dejé caer la mano.

– Pardon, mamá. Aquí lo tienes -Claude se apartó para señalarme con un gesto. Hice una reverencia.

– ¿Qué llevas en la boca? -preguntó la mujer.

Claude tragó saliva.

– Un clavo. Para mi diente.

– Deberías mascar menta, es mucho mejor para el dolor de muelas.

– Sí, mamá -Claude rió de nuevo, probablemente al verme la cara. Se dio la vuelta y salió de la habitación, dando un portazo. Hasta donde estábamos llegó el eco de sus pasos.

Me estremecí. Había intentado seducir a la hija de Jean le Viste.

En mis visitas anteriores a la casa de la rue du Four, sólo había visto de lejos a las tres hijas de Le Viste: cuando corrían por el patio, al salir a caballo o de camino hacia la iglesia de Saint-Germain-des-Prés con un grupo de damas. Por supuesto, la chica junto al pozo era de la familia; si hubiera prestado atención habría entendido -al ver sus cabellos y su manera de moverse- que Claude y ella eran hermanas. En ese caso habría adivinado su identidad y no le habría contado nunca a Claude la historia del unicornio. Pero no había pensado en quién era; sólo en llevármela a la cama.

Bastaría con que Claude repitiera a su padre lo que le había dicho para que me echaran a la calle, retirándome el encargo. Y nunca volvería a ver a Claude.

Ahora, de todos modos, me gustaba más que nunca, y no sólo para montarla. Deseaba tenerla a mi lado y hablarle, tocarle la boca y el pelo y hacerla reír. Me pregunté a qué sitio de la casa se habría ido. Nunca se me permitiría entrar allí; un artista de París no tenía nada de que hablar con la hija de un noble.

Me quedé muy quieto, pensando en aquellas cosas. Quizá estuve así demasiado tiempo. La dama en el umbral se movió de manera que el rosario que le colgaba de la cintura chocó contra los botones de la manga, y salí de mi ensimismamiento. Me miraba como si hubiera adivinado todo lo que me pasaba por la cabeza. No dijo nada, sin embargo, y abrió la puerta por completo; luego regresó al interior de la habitación. La seguí.

Había pintado miniaturas en las cámaras de muchas señoras y aquélla no era tan diferente. Había una cama de madera de nogal, con dosel de seda azul y amarilla. Había sillas de roble formando un semicírculo, acolchadas con cojines bordados. Vi también un tocador cubierto de frascos, un cofre para joyas, así como varios arcones para ropa. Una ventana abierta enmarcaba la vista de Saint-Germain-des-Prés. Reunidas en un rincón estaban las damas de honor, que trabajaban en bordados. Me sonrieron como si fueran una sola persona en lugar de cinco, y me insulté por haber pensado en algún momento que Claude pudiera ser una de ellas.

Geneviéve de Nanterre -esposa de Jean le Viste y señora de la casa- se sentó junto a la ventana. En otro tiempo, sin duda, había sido tan hermosa como su hija. Aún era una mujer bien parecida, de frente amplia y barbilla delicada, pero si bien el rostro de Claude tenía forma de corazón, el suyo se había vuelto triangular. Quince años de matrimonio con Jean le Viste habían hecho desaparecer las curvas, afirmarse la mandíbula, arrugarse la frente. Sus ojos eran pasas oscuras frente a los membrillos claros de Claude.

En un aspecto, al menos, eclipsaba a su hija. Su vestido era más lujoso: brocado crema y verde, con un complicado dibujo de flores y hojas. También llevaba joyas delicadas en la garganta y el cabello trenzado con seda y perlas. Nunca se la tomaría por una dama de honor; estaba inconfundiblemente vestida como alguien a quien hay que servir.

– Acabáis de entrevistaros con mi esposo en la Grande Salle -dijo-. Para hablar de tapices.

– Sí, madame.

– Imagino que quiere una batalla.

– Sí, madame. La batalla de Nancy.

– ¿Y qué escenas se representarán?

– No estoy seguro, madame. Monseigneur sólo me ha hablado de los tapices. He de sentarme y preparar los dibujos antes de decir nada con seguridad.

– ¿Habrá hombres?

– Por supuesto, madame.

– ¿Caballos?

– Sí.

– ¿Sangre?

– ¿Pardon, madame?

Geneviéve de Nanterre agitó la mano.

– Se trata de una batalla. ¿Habrá sangre brotando de las heridas?

– Imagino que sí, madame. Carlos el Temerario morirá, por supuesto.

– ¿Habéis participado alguna vez en una batalla, Nicolas des Innocents?

– No, madame.

– Quiero que penséis por un momento que sois soldado.

– Pero soy miniaturista de la Corte, madame.

– Lo sé, pero en este momento sois un soldado que ha luchado en la batalla de Nancy, en la que perdisteis un brazo. Estáis en la Grande Salle como invitado de mi marido y mío. Os acompaña vuestra esposa, joven y bonita, que os ayuda en las pequeñas dificultades que se os presentan por el hecho de no tener dos manos: partir el pan, ceñiros la espada, montar a caballo -Geneviéve de Nanterre hablaba rítmicamente, como si estuviera cantando una nana. Empecé a tener la sensación de que flotaba río abajo sin idea de adónde iría a parar.