Después encendió el sistema de GPS y apretó los botones del idioma, pasando por el holandés, el japonés y el francés, hasta que una voz femenina la saludó en inglés.

Introdujo la dirección de la panadería. Se le había olvidado preguntarle a Jesse el nombre del hospital donde iba a operarse Nicole, así que le pareció que el mejor sitio para comenzar era la panadería. Finalmente, se preparó para salir del aparcamiento.

Tenía un nudo en la garganta. Lo ignoró, además de ignorar el cosquilleo que notaba en la espalda y que se le estaba extendiendo por todo el cuerpo.

«Ahora no», pensó frenéticamente. «Ahora no». Podría sentir pánico después, cuando no estuviera a punto de conducir.

Cerró los ojos y respiró hondo, se imaginó a su hermana en la cama del hospital, necesitada de ayuda. Allí era donde tenía que estar ella. Con Nicole.

La sensación de pánico se mitigó un poco. Abrió los ojos y comenzó el viaje.

El aparcamiento parecía oscuro y cerrado. Afortunadamente, no había más coches en la fila delantera, así que tendría espacio extra para girar cuando saliera.

Lenta y cuidadosamente, puso en marcha el coche, y el vehículo comenzó a moverse al instante. Clavó el pie en el freno, y el coche dio un tirón. Soltó el freno, y el coche se movió de nuevo. Moviéndose centímetro a centímetro, consiguió sacarlo de su sitio. Quince minutos después había salido del aparcamiento y estaba en la carretera.

– A trescientos metros, manténgase a la derecha. I-5 está a la derecha.

La voz del GPS era muy autoritaria, como si ella no tuviera la más mínima idea de conducir en general, ni de a dónde iba en particular.

– ¿I-5 qué? -preguntó Claire, antes de ver la señal que indicaba la entrada a la autopista I-5. Entonces, dio un grito-. No puedo salir a la autopista -le dijo al GPS-. Tenemos que seguir por las calles.

Hubo un tilín.

– Manténgase a la derecha.

– Pero si no quiero.

Miró a su alrededor frenéticamente, pero no había otro modo de seguir. La carretera en la que estaba se dirigía a la autopista. No podía girar a la izquierda, porque había demasiados coches en su camino. Coches que, de repente, comenzaron a moverse muy deprisa.

Claire agarró el volante con ambas manos, con el cuerpo rígido y la mente llena de imágenes de accidentes.

– Puedo hacerlo -se dijo-. Puedo.

Pisó un poco más el acelerador, hasta que alcanzó los setenta y cinco kilómetros por hora. Aquello era suficiente velocidad, ¿no? ¿Quién necesitaba ir más rápido?

Un camión enorme apareció tras ella y le dio un bocinazo. Claire pegó un respingo. Había muchos coches tras ella, acercándose a gran velocidad. Estaba tan ocupada intentando no asustarse por los coches que pasaban a su alrededor que se olvidó de su destino, hasta que el sistema de GPS le recordó:

– I-5 norte está a la derecha.

– ¿Qué? ¿Qué derecha? ¿Quiero ir hacia el norte?

Y de pronto la carretera dio un giro, y ella se vio girando también. Quería cerrar los ojos, pero sabía que aquello sería malo. Comenzó a sudar de miedo. Quería quitarse el abrigo, pero no podía; tenía el volante agarrado con tanta fuerza que le dolían los dedos.

Estaba haciendo aquello por Nicole, se recordó. Por su hermana. Por su familia.

Su carril desembocaba en la I-5. Sin bajar de setenta y cinco kilómetros por hora, Claire se puso en el carril de la derecha y se juró que iba a quedarse allí hasta que tuviera que salir de la autopista.

Cuando por fin salió, justo al norte del distrito de la universidad, estaba temblando. Odiaba conducir. Lo odiaba. Los coches eran horribles y los conductores eran unos groseros, gente mala que le gritaba. Sin embargo, lo había conseguido, y eso era lo importante.

Siguió las indicaciones del GPS y consiguió aparcar en el aparcamiento más cercano a la panadería. Apagó el motor, apoyó la frente en el volante y respiró profundamente.

Cuando logró calmarse, se irguió y miró el edificio que había frente a ella.

La panadería Keyes llevaba en el mismo lugar los ochenta de su existencia. Al principio, sus bisabuelos tenían alquilado sólo la mitad del edificio. Con el tiempo, el negocio había crecido. Habían comprado el edificio completo sesenta años atrás.

Había dos escaparates llenos de bollería, tartas, bizcochos y panes con sus respectivos letreros. Y sobre la puerta había un letrero enorme que anunciaba la Panadería Keyes, la panadería con la mejor tarta de chocolate del mundo.

La tarta, de varias capas de chocolate, había sido alabada por la realeza y los presidentes, servida por las novias en sus bodas y exigida por artistas y famosos como requisito imprescindible en sus platós de rodaje y entre bastidores. Estaba hecha de millones de calorías de harina, azúcar, mantequilla, chocolate y un ingrediente secreto que pasaba de generación en generación de la familia. Ni siquiera Claire sabía cuál era. Sin embargo, lo sabría. Nicole se lo diría enseguida.

Salió del coche, tomó el bolso y cerró la puerta del conductor. Respiró profundamente otra vez y se puso en camino hacia la panadería.

Era mediodía, y todo estaba relativamente tranquilo. Había dos señoras sentadas en la mesa del rincón, tomando un café con bollos. Entre sus sillas había dos carritos de niño. Claire les sonrió mientras marchaba hacia el mostrador. La dependienta, una adolescente, la miró.

– ¿Puedo ayudarla en algo?

– Sí. Eso espero. Soy Claire. Claire Keyes.

La adolescente, una morena regordeta de enormes ojos marrones, suspiró.

– Muy bien. ¿Qué desea? El pan de ajo y romero acaba de salir del horno.

Claire sonrió esperanzadamente.

– Soy Claire Keyes -repitió.

– Ya lo he oído.

Claire señaló el letrero que había en la pared.

– Keyes. Soy la hermana de Nicole.

La adolescente abrió unos ojos como platos.

– Dios mío, no. ¿Es usted de verdad, la pianista?

Claire se estremeció.

– Soy concertista.

Solista, pero ¿para qué detenerse en sutilezas?

– He venido por la operación de Nicole. Jesse me llamó y me pidió que…

– ¿Jesse? -la voz de la chica chirrió-. No. ¿Lo dice en serio? ¡Oh, Dios mío! No puedo creerlo -dijo, y dio un paso atrás-. Nicole la va a matar, si es que no lo ha hecho ya. Yo… -alzó una mano-. Espere aquí, ¿de acuerdo? Ahora mismo vuelvo.

Antes de que Claire pudiera decir nada, la chica salió corriendo hacia la puerta trasera.

Claire se colocó el bolso en el hombro y miró lo que había dentro de las vitrinas de cristal. Había varias tartas, un par de bizcochos y rebanadas de pan. Le rugió el estómago, y recordó que no había comido en todo el día. Estaba muy nerviosa en el avión como para tomar algo.

Quizá pudiera llevarse un poco de aquel pan de ajo y romero y después pasar por el supermercado para…

– ¿Qué demonios está haciendo aquí?

Claire miró al hombre que caminaba hacia ella. Era corpulento y de aspecto duro, de piel bronceada y con un cuerpo que daba a entender que o hacía trabajo manual o pasaba demasiado tiempo en el gimnasio. Claire hizo lo posible por no arrugar la nariz al ver su camisa de cuadros y sus vaqueros desgastados.

– Soy Claire Keyes -dijo.

– Sé quién es usted. Le he preguntado qué hace aquí.

– En realidad me ha preguntado qué demonios estoy haciendo aquí. Hay una diferencia.

Él entrecerró los ojos.

– ¿Qué diferencia?

– Una pregunta denota interés en la respuesta, y la otra me hace saber que lo estoy molestando. No le importa qué hago aquí, sólo quiere darme a entender que no soy bienvenida. Lo cual es extraño, teniendo en cuenta que no me conoce.

– Soy amigo de Nicole. No necesito conocerla para saber todo lo que tengo que saber de usted.

Ay. Claire no entendía nada. Si Nicole todavía estaba enfadada con ella, ¿por qué la había llamado Jesse y le había dicho lo contrario?

– ¿Quién es usted?

– Wyatt Knight. Nicole está casada con mi hermanastro.

¿Nicole se había casado? ¿Cuándo? ¿Con quién?

Sintió una gran tristeza. Su propia hermana ni siquiera se había molestado en decírselo, ni en invitarla a la boda. ¿Hasta qué punto era patético todo aquello?

La emoción se reflejó en el rostro de Claire Keyes. Wyatt no se molestó en analizarlo. Las mujeres y sus sentimientos eran un misterio que un hombre mortal debía dejar sin resolver. Intentar descifrar la mente femenina podía llevar a un hombre a la bebida, y después matarlo.

La observó atentamente, en busca de parecidos con Nicole y Jesse. Era rubia, alta y esbelta. Sus ojos, quizá, pensó al ver que los tenía azules. Quizá la forma de la boca. El color del pelo… más o menos. Nicole sólo era rubia. Claire tenía el pelo de una docena de matices diferentes, y brillante.

Sin embargo, lo demás era distinto. Nicole era su amiga, alguien a quien conocía desde muchos años atrás. Una mujer guapa, pero normal. Claire iba vestida de blanco de pies a cabeza. Incluso su abrigo era blanco. Llevaba unas botas y un bolso color beige. Era como una princesa de hielo…, una princesa malvada.

– Me gustaría ver a mi hermana -dijo Claire con firmeza-. Sé que está en el hospital, pero no sé en cuál.

– No voy a decírselo. No sé para qué ha venido, señorita, pero sí puedo decirle que Nicole no quiere verla.

– No es eso lo que tengo entendido.

– ¿Con quién ha hablado?

– Con Jesse. Me dijo que Nicole iba a necesitar ayuda después de la operación. Me llamó ayer, y he tomado un avión esta mañana. No voy a marcharme, señor Knight, y no puede obligarme. Voy a ver a mi hermana. Si prefiere no darme la información, llamaré a todos los hospitales de Seattle hasta que la encuentre. Nicole es mi familia.

– ¿Desde cuándo? -murmuró él. Había reconocido el ángulo de obstinación de su barbilla y la decisión de su voz. Las mellizas tenían aquello en común.