– Yo creo que eso nos pasa a todos un poco -dijo Leigh antes de colgar.

Subió a su dormitorio. Los muebles de color cereza contrastaban con el rosa de la alfombra y las paredes. Sin embargo, no le animó como de costumbre. Abrió un armario y rebuscó entre las ropas colgadas y las cajas de zapatos. Aunque Leigh mantenía el orden en la tienda nunca había sido muy meticulosa con los detalles menores. Su armario reflejaba aquel rasgo de su personalidad.

Encontró lo que buscaba en la repisa superior. Tuvo que encaramarse a un taburete para alcanzar una caja pesada que llevó a la cama. A los pocos momentos pasaba las páginas del álbum del instituto. Al fin dio con las fotos de su clase.

Wade se le apareció tal como ella lo recordaba, un muchacho con ojos chispeantes y sonrisa contagiosa. Le sorprendió un poco que su foto apareciera en el álbum. Wade había abandonado las clases a mediados de aquel curso. No estaba segura si había sido para embarcarse en un barco de pesca o para viajar en su moto.

Se tumbó en la cama contemplando la foto de Wade. Había sido un muchacho temerario y despreocupado en abierto contraste con ella que siempre había sido muy consciente de sus responsabilidades y de las consecuencias de sus acciones hasta que empezó a escaparse por las noches para reunirse con él.

Siempre había sabido quién era Wade. En una ciudad tan pequeña como Kinley, todo el mundo se conocía. Sabía que había aparecido en la ciudad a los doce años en compañía de su madre a la que todo el mundo presumía viuda. Uno de los antepasados de Leigh había sido fundador en Charleston en 1670, su familia había vivido en Kinley hacía más de cien años por lo que su «pedigree» nunca había sido puesto en duda. Aquello la había molestado desde siempre, no sólo por lo concerniente a Wade, sino por que le fastidiaba vivir en una sociedad tan rígida.

Wade tenía tres años más que ella y había ido tres cursos por delante en el instituto. Sus caminos raramente se habían cruzado, sin embargo, cada vez que él la miraba, Leigh sentía un escalofrío de delicia recorrerle el cuerpo.

Wade Conner no se parecía a los demás muchachos de la ciudad y eso la fastidiaba. Había oído rumores de que por sus venas corría sangre india lo que explicaba el color oscuro de su piel. También sabía que no le gustaban las clases y que hacía novillos cada vez que tenía ocasión.

Seguramente, Ena no había podido inculcarle disciplina, rendida ante el encanto de su hijo. La había convencido de que le dejara comprar una moto a los dieciséis años. Cuatro años más tarde, había convencido a la propia Leigh para dar un paseo en ella. Leigh suspiró y cerró el álbum mientras que sus pensamientos retrocedían en el tiempo.


Una Leigh de diecisiete años apresuró el paso tratando de recuperar el tiempo que había perdido al quedarse dormida. Un esfuerzo inútil. Una brisa fuerte sopló entre los robles que flaqueaban la senda que llevaba al instituto y Leigh intentó sujetar sus libros demasiado tarde. Sus deberes salieron volando en la misma dirección por la que había venido.

– ¡No me lo puedo creer!

Echó a correr en pos de su tarea atrapando las hojas sueltas en el aire. Leigh no tenía unas piernas muy largas, pero eran ágiles y veloces. Pronto alcanzó los papeles fugitivos y los atrapó. Pero la sonrisa de triunfo se le borró de los labios al mirar a su presa. Los deberes estaban arrugados y sucios.

El rugido de una moto llenó la bóveda mohoso de los árboles. Leigh se volvió a tiempo para ver que Wade Conner se acercaba. Aunque hubiera llevado un casco, habría sabido quién era porque nadie en Kinley tenía una moto como la suya. Cuando se detuvo a su lado, Leigh lo miró sorprendida. No podía imaginarse qué motivo impulsaba a un chico de mundo que había viajado y que era mayor que ella a pararse junto a una chica del instituto.

– Te llamas Leigh Hampton, ¿verdad? Soy Wade Conner.

Era una presentación innecesaria. Leigh ya se había encargado de averiguarlo todo sobre él desde el mismo momento en que había aparecido en la ciudad. Además, la mayoría de las chicas estaban fascinadas con él, aunque no era elegante admitirlo. Wade era un pillo que no obedecía las reglas de una ciudad educada por lo que estaba descartado de la lista de los jóvenes «de la buena sociedad». Desde luego, no era una compañía recomendable para la hija del alcalde. Sin embargo, Leigh se moría de curiosidad.

Se quedaron mirándose un largo rato. Wade llevaba una cazadora de cuerpo para protegerse de la brisa fresca de octubre, tenía un aspecto peligroso y emocionante. A Leigh se le aceleró el pulso mientras la comisura de los labios de Wade se curvó en una sonrisa.

– ¿Te apetece dar una vuelta?

La respuesta lógica habría sido responderle que se dirigía a clase y negarse con educación.

La realidad era otra, llegaba tarde y en su mano aún estaba las hojas arrugadas y sucias de sus deberes. Se echó a temblar. Podría haber sido miedo, pero a ella le pareció que era una emoción desatada.

– Claro -se oyó decir a sí misma.

Le pasó sus libros y él los depositó en una alforja lateral. Leigh se sentó detrás y se abrazó a su cintura. El calor de su cuerpo traspasaba la cazadora. Nunca había sido tan consciente del cuerpo de un hombre. Se vio asaltada por la urgencia de acariciarle los duros músculos del vientre. Pero no pudo pensar mucho, Wade arrancó la moto y pronto cortaron el viento en la dirección opuesta al instituto. La velocidad enardeció a Leigh en vez de asustarla. Wade tenía una reputación de temerario, pero conducía como un experto. En ningún momento se le ocurrió que podía cometer una imprudencia, tenía la impresión de que jamás permitiría que le sucediera algo malo. De pronto, confió plenamente en él.

Wade salió de la carretera y tomó por un camino polvoriento. Ella se aferró a él con fuerza pero sin temor. Aquel día era especial, como el trozo de chocolate que alguien sometido a dieta hurta cuando nadie le ve. Leigh no tenía la intención de echarlo a perder con remordimientos o miedos. El camino se estrechó hasta convertirse en un sendero. Wade se adaptó reduciendo la velocidad. Leigh se vio sorprendida por una masa de arbustos que señalaba el fin del sendero pero él frenó con facilidad como si conociera de sobra el camino.

Se bajaron y Wade la miró con una intensidad que la hizo emocionarse. Le pareció que todos sus sentidos se agudizaban y oyó el burbujeo del agua que corría cercana. Se introdujo entre los arbustos. Sorprendida, se halló ante lo que consideró uno de los tesoros ocultos de la naturaleza. Se trataba de un remanso por el que discurría una corriente azulverdosa que lamía la hierba de la orilla bajo los robles mohosos.

– ¡Es precioso!

Dejó que sus ojos fueran de la hermosura del escenario a la hermosura del hombre que se encontraba a su lado. La sonrisa de Wade le hizo entender las implicaciones de que la hubiera llevado allí. Era su lugar secreto, pero había querido compartirlo con ella.

Leigh se alisó la falda y se sentó con las piernas recogidas sobre la hierba mientras absorbía toda la belleza del paraje. Una gaceta blanca pasó cerca de ellos provocando su sonrisa. Leigh se sentía feliz. Wade se sentó junto a ella. Leigh oía su respiración pero él se mantuvo a una distancia respetuosa. Maldijo aquella distancia, ella quería tocarle.

– Cuéntame, ¿qué haces por ahí en vez de estar en clase? -preguntó él recostándose, mientras la miraba con una indulgencia perezosa.

– ¿Y cómo es que tú no estás embarcado? -replicó ella con un revoloteo de pestañas.

Sabía que estaba coqueteando, pero no podía evitarlo. Wade tenía el pelo revuelto y ella sentía la necesidad de alisárselo.

Cuando se echó a reír, las carcajadas surgieron de él como un súbito estallido de alegría. De cerca, incluso era más atractivo que de lejos. Había oído que era una oveja negra y un pendenciero. Pero al contemplar el tono de su piel, el pelo negro, la risa brotaba de sus ojos grises lo dejó todo a un lado. Por alguna razón que no alcanzaba a explicarse confiaba en él.

– El barco está en puerto. He pasado más de una semana en el mar, ¿no crees que me merezco un descanso? Vamos, dime por qué no estabas en el instituto.

– No lo sé, nunca había hecho novillos. He tenido una mañana terrible. Primero se me pegaron las sábanas, no he desayunado y he echado a perder mis deberes. Cuando me has preguntado si quería dar una vuelta no se me ha ocurrido ninguna buena razón para rehusar.

– Yo pensé que lo harías. Bueno, la verdad es que estaba completamente seguro de que dirías que no.

– ¿Por qué?

– Venga, Leigh. Las chicas como tú no dan paseos con chicos como yo, lo sabes perfectamente. ¿O no te has enterado? Soy el que ha dejado los estudios, un pendenciero que siempre se mete en líos y tú eres la hija del alcalde.

– ¿Intentas asustarme?

– Diablos, no. Si supieras lo mucho que he deseado poder sentarme a hablar contigo no dirías eso.

– ¿Mucho? ¿Cuánto?

– Desde que estabas en séptimo curso, aunque no sé por qué lo confieso.

Wade tiró un guijarro al agua. Volvió a reír y le guiñó un ojo.

– Leigh, si supieras la cara que pones. Parece que no puedes decidir si miento o no. Te aseguro que es cierto.

– ¿Por qué me lo cuentas?

Se sentía cautivada por su sinceridad. Estaba segura de que hablaba en serio. Parecía que Wade tenía la capacidad de hablar con el corazón en la mano.

– Porque quiero besarte -dijo él sin sonreír.

Leigh lo miró y reconoció las emociones que bullían en su interior. Había pasión, pero también un humor amargo y una burla de sí mismo.

– Entonces hazlo -murmuró ella.

Wade abrió mucho los ojos, pero la sonrisa retornó a sus labios. Se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros con precaución antes de besarla en la boca. El contacto fue dulce, suave y acabó nada más empezar. Wade se retiró, le cogió el rostro entre las manos y le sonrió.