Leigh tragó saliva. La invitación empeoraba por momentos. No podía pretender en serio que ella pasara la velada a solas con él. Había demasiados recuerdos de sabor amargo, demasiada culpa entre los dos.

– ¿Por qué quieres cenar conmigo?

Wade sacudió la cabeza y miró al suelo. Era curioso pero parecía hacer verdaderos esfuerzos por dominarse.

– Cuando repasaba las pertenencias de mi madre encontré una carta para mí. Es lo más parecido a un testamento que dejó escrito y te menciona. Quería que te quedaras con algunas cosas. He pensado que esta noche sería una buena ocasión para entregártelas. Claro que si no quieres…

– Por supuesto que quiero -le atajó ella. Leigh se sintió molesta consigo misma por haber pensado siquiera por un segundo que él la invitaba con la intención de reanudar sus relaciones amorosas.

– Pero no tienes que prepararme cena. Pasaré por allí cuando acabe de trabajar.

– Tengo que comer -repuso él estoicamente-. No me importa preparar la cena para dos personas. ¿Qué te parece a las siete?

– Oye, Leigh. ¿Por qué no me dices dónde has metido la escoba? El almacén está bastante sucio.

Drew había aparecido por una puerta lateral. Si estaba sorprendido de ver a Wade lo ocultó muy bien.

– ¿Cómo te va, Wade? -preguntó Drew con lo que quería ser una sonrisa.

– Hola, Drew. Por mí no te entretengas. Ya me iba. Te veré a las siete, Leigh -dijo lanzándole una mirada retadora.

– A las siete -repitió ella con voz débil.

– Hasta luego y gracias por el café.

Los dos hermanos observaron cómo se marchaba. Ninguno de los dos habló durante un rato.

– ¿De qué hablaba, Leigh? ¿Qué quiere decir que te verá a las siete?

– Me ha pedido que vaya a cenar a su casa.

– ¿Y has aceptado? -preguntó Drew incrédulo.

– Yo diría que no me ha dado la oportunidad de negarme. Ena me ha dejado algunas de sus pertenencias y Wade quiere dármelas.

– Iré contigo -dijo su hermano entrecerrando los ojos cargados de sospecha-. No me parece una buena idea que estés a solas con él. Puede ser peligroso.

– No seas tonto, Drew. Wade y yo éramos amigos. No tengo miedo de cenar con él.

– No me gusta nada. No deberías cenar con un presunto criminal.

Era obvio que su hermano creía en los rumores que habían acosado a Wade hasta provocar su huida de Kinley. Leigh también pensaba que era peligroso, pero por un motivo bien distinto.


Wade retomó la carrera y corrió por las calles del centro. Sus pisadas quedaban amortiguadas por las zapatillas de deporte. La tranquilidad de Kinley resultaba agradable después del bullicio de Manhattan, pero Wade no se dejaba engañar por las apariencias. Detrás de aquella quietud aparente rebullía la sospecha contra él. La había visto reflejada en los ojos de la gente desde que había vuelto. Sólo era una cuestión de tiempo que oyera las palabras desagradables que se escondían tras su silencio. Estaba seguro de que le condenaban a sus espaldas. Después de todo, ¿no había formado parte siempre el chismorreo de la estrechez mental que caracterizaba a Kinley?

La brisa llevaba suspendida el olor de las fábricas de conservas de pescado del pueblo. Doce años antes, Wade había trabajado en un barco de pesca. Recordó el trabajo duro de jalar el aparejo y separar las gambas de los otros peces y crustáceos atrapados en las redes. Era uno de los pocos recuerdos asociados con Kinley que no le resultaba desagradable. Le había gustado llevar el olor del mar en sus manos.

Se alejó del puerto pasando junto a un roble enorme bajo el que los niños habían jugado durante generaciones. Un niño solitario se columpiaba subido en un neumático. También Wade había hecho novillos muchas mañanas sólo para columpiarse. En aquella época, había carecido de la disciplina necesaria para practicar un deporte metódico.

Había empezado a correr después de mudarse a Manhattan porque no quería que su cuerpo sufriera las consecuencias del exceso de comida y bebida y la falta de ejercicio. En la carrera por la que había optado, la tentación de prestar más atención a la mente que al cuerpo siempre estaba presente. Dobló por uno de los caminos serpenteantes que se alejaban del pueblo alegrándose de haber desarrollado una pasión por correr ya que le proporcionaba más ejercicio a la mente que al cuerpo.

La noche anterior, los parroquianos del bar le habían tratado con recelo. Casi podía oír los susurros que estallaban en cuanto él volvía la espalda. No importaba cuánto hubiera triunfado, a los ojos de la ciudad siempre seguiría siendo el criminal mezquino que ellos necesitaban. Una noche de insomnio le había convencido de que debía vender la casa de Ena y dejar que el pasado muriera con ella. Sin embargo, una sola mirada a Leigh había bastado para desbaratar sus planes.

No había sido su intención invitarla a cenar. Sólo pretendía decirle que Ena le había legado algunas cosas. Pero al verla sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta infantil, había sido incapaz. Una vez la había amado con una pasión que descartaba todo sentido común y que no había vuelto a sentir desde que dejara Kinley.

Los recuerdos de aquel amor apasionado habían hecho surgir la invitación de sus labios. Se le había ocurrido una idea descabellada. Necesitaba paz y quietud mientras escribía y pensó que Kinley era el refugio perfecto para trabajar en su próxima novela, un viaje al pasado y al interior de su alma. El personaje principal sería un hombre joven, sospechoso de un secuestro y posterior asesinato. La heroína podía ser una chica que tenía en sus manos la capacidad de limpiar su nombre. La trama sería que ella se había sentido demasiado asustada de los chismorreos de un pueblo como para admitir que había estado entre sus brazos en el momento del crimen.

Wade apretó el paso hasta que el sudor lo empapó. Llegó a la casa que había sido de su madre y se quedó en el porche con la cintura doblada y la cabeza gacha intentando recobrar el aliento. Tenía que encontrar otra idea. La que se le había ocurrido se parecía demasiado a su propia y cruel realidad y no estaba preparado para escribirla.

Por un instante, se había permitido olvidar la traición de Leigh y el precio que había tenido que pagar, pero no volvería a repetirse. Se juró a sí mismo no ver a la chica de voz dulce sino a la traidora en que se había convertido. Nunca olvidaría las palabras que le había susurrado para despedirse dejándole con el corazón destrozado. Su corazón se había curado hacía muchos años y no quería exponerlo una segunda vez.

Capítulo dos

El teléfono sonaba cuando Leigh abrió la puerta de su casa. Una casa de estilo colonial con una columnata blanca por porche. Su familia había insistido en que era demasiado grande para una sola persona cuando la había comprado. Mientras se apresuraba a llegar a su habitación, tuvo que reconocer que tenían razón. Sin embargo, por mucho esfuerzo que le costara mantenerla, se sentía encantada con su amplitud y elegancia.

– ¡Por Dios, Leigh! -dijo su hermana Ashley-. ¿Cómo has tardado tanto en contestar al teléfono? Ya iba a colgar. En serio, deberías instalar varios supletorios en esa casona.

– ¿Qué quieres Ashley? -dijo Leigh, quitándose los zapatos y dejándose caer en una de las sillas.

– Vaya una manera de saludar a tu única hermana.

Ashley tenía un acento sureño muy pronunciado, algo que Leigh nunca había podido explicarse puesto que su hermano y ella lo tenía mucho más suave.

– Si has tenido un mal día en el almacén no deberías pagarlo conmigo.

– No ha sido malo sino largo -suspiró Leigh, tratando de ser paciente-. ¿Llamas por alguna, razón en especial, Ashley?

– Pues sí, la verdad. Me encontré con Drew hoy y mencionó por casualidad que piensas ir a cenar con Wade. ¿Crees que será prudente?

Leigh intentó dominarse. La absoluta falta de tacto con que Ashley se metía en la vida de los demás había sido uno de los motivos por el que las dos hermanas nunca habían estado demasiado unidas. No obstante, no era la única razón de ese distanciamiento.

– Hace tiempo que no necesito que me lleves de la mano.

Prudente no era la palabra que ella hubiera utilizado para describir su acuerdo con Wade, pero por nada del mundo estaba dispuesta a admitirlo ante su hermana.

– Me tienes muy preocupada. Wade Conner ha estado fuera mucho tiempo, pero eso no cambia nada. La gente todavía piensa que la pequeña Sarah Culpepper estaría viva de no ser por él.

Por lo menos, pensó Leigh, lo bueno de su hermana era que siempre iba directa al grano.

– Pues yo no lo pienso. Y, si no recuerdo mal, tú tampoco veías nada malo en Wade.

Leigh se arrepintió al instante de sus palabras. Ashley estaba casada con el jefe de policía de la ciudad, pero había sido una adolescente que creía que sus cabellos rubios y sus ojos azules podían conquistar a cualquier hombre. Sin embargo, sus encantos le fallaron con Wade y era obvio que todavía estaba resentida.

– No hacía falta que lo dijeras. Sólo que me parece que no debías andar con él. Tú no le conoces.

Pero Leigh conocía la manera que tenía de mirarla con el corazón en los ojos, recordaba la sonrisa eterna de sus labios.

– No te preocupes, Ashley. Voy a cenar con él porque Ena me ha dejado algunas cosas. No se me ha ocurrido tener una aventura con Wade.

– ¿La tuviste? Siempre sospeché algo pero nunca tuve la seguridad.

– ¡No me digas! Siempre he creído que sabías todo lo que ocurría en Kinley.

– Está claro que no estás de humor para confidencias, pero quiero que sepas que iré a verte más tarde por si necesitas hablar con alguien.

– No te he invitado, Ashley -replicó Leigh, conteniéndose a duras penas-. Ya soy mayorcita para manejarme a mí misma y a Wade Conner.

– De todas formas, será mejor que no bajes la guardia. Sospecho que tiene el diablo metido en el cuerpo.