Amor Vengado

Julia Quinn – DARLENE HROBAK GARDNER

© 1992 Darlene Hrobak Gardner.

Traducción de José Cebrián Moncho

Título original: Wade Conner's Revenge.

Capítulo uno

Una brisa cálida envolvía el reducido grupo de personas reunido en torno a la tumba de Ena Conner, pero su hijo sintió escalofríos, Levantó sus ojos apenados hacia el predicador e intentó concentrarse en sus palabras, mientras el ataúd descendía a la fosa. Un pájaro cantó alegremente entre los árboles. Wade se dio cuenta, distraídamente, de que las lluvias de primavera habían reverdecido la hierba. ¿Por qué la luz de la vida tenía que acompañar a los muertos? La letanía monótona del predicador cesó. Wade intentó sin éxito arrancar sus pensamientos de la desesperanza del pasado y fijarlos en la realidad del presente.

Ena Conner no habría querido que su único hijo estuviera doce años lejos de Kinley, sin embargo, regresar a Carolina del Sur y enfrentarse a las sospechas que pesaban sobre él lo habían mantenido en Manhattan. Le había mandado a su madre un billete para Nueva York dos veces al año, pero Ena sólo lo utilizaba la mitad de las veces. Pensó que aquello debía encerrar algún significado. Wade no sentía el menor cariño por Kinley a pesar de que le mortificaba el hecho de que su madre no hubiera estado allí para ver su regreso.

Se pasó la mano por la nuca y se sorprendió al descubrir que tenía el cuello húmedo de sudor. El sol brillaba en un cielo sin nubes, señal de que iba a ser un día bochornoso. Apenas se había dado cuenta del calor que hacía hasta ese momento. Desde que había llegado al cementerio, un frío interior le había nublado los sentidos.

El pastor cerró la Biblia lo que sacó a Wade de su ensimismamiento. Cualquiera que lo hubiera mirado habría visto un nombre atractivo que rondaba los treinta años y cuyos rasgos morenos denotaban un rastro de sangre india. Tenía los pómulos sobresalientes, una piel bronceada y un porte orgulloso. Se inclinó sobre la fosa y dejó caer una rosa amarilla de Tejas, las preferidas de Ena.

Una lágrima le rodó por la mejilla y fue a hacerle compañía a la rosa. Wade parpadeó repetidamente, el resto de las lágrimas desaparecieron como si nunca hubieran existido. Ena Conner había sido una mujer dura y orgullosa que había tenido un hijo soltera y lo había educado por sí sola, inculcándole su fuerza. Sólo su corazón, que le había fallado tres días antes, había sido débil. Wade no creía que a su madre le hubiera gustado verle llorar ante su tumba.

Aceptó en silencio las condolencias de los pocos vecinos que habían acudido a la ceremonia. Por enésima vez se preguntó por qué Ena no había dejado Kinley con él. Aunque no había estado aislada del todo, las familias con una larga historia en Kinley nunca la habían aceptado. Había educado a sus hijos preocupándose por sus problemas en la escuela sin que jamás dejaran de mirarla por encima del hombro por no ser uno de ellos. En el funeral no había más de una veintena de personas, si la hubieran considerado uno de los suyos toda la ciudad habría estado allí.

Wade reprimió su amargura y echó a andar hacia el coche de alquiler. No pudo evitar volverse para ver la tumba de su madre cubierta de tierra. Con su madre desaparecida era probable que siempre se sintiera solo en Kinley. Por el momento, todo el mundo parecía aceptarle, pero Wade presentía que nadie le había perdonado sus pecados, reales o imaginarios. Él tampoco les perdonaría jamás.

El reflejo del sol sobre los cabellos sedosos de una mujer atrajo su atención. Tuvo que cerrar los ojos para soportar un tormento distinto.

Aquel pelo oscuro le traía recuerdos que Wade no estaba dispuesto a revivir. Recordaba cuál era el tacto de aquel pelo castaño y la mirada de unos ojos azules atravesados de una extraña luz violeta.

Aquellos ojos, doce años más viejos pero no menos atractivos, se volvieron hacia él llenos de algo parecido a la compasión. Wade se detuvo y observó con una mezcla de fascinación y recelo cómo aquella aparición del pasado irrumpía en su presente.

Su figura había perdido la angulosidad de la adolescencia para desarrollarse en unas curvas mucho más femeninas. Caminaba como quien está acostumbrada a que le admiren, cosa que no le extrañó a Wade. Leigh Hampton no poseía la belleza de una modelo de revista, pero él se había sentido irresistiblemente atraído hacía ella hacía años, sin embargo, sabía que en aquel cuerpo menudo y perfecto latía un corazón traicionero.

Leigh tenía una nariz pequeña y unos ojos grandes, pero el rasgo más destacado de su rostro era la boca. Era un tanto grande y a Wade siempre le había recordado a una fresa apetitosa. Lo que más le había gustado de ella había sido su boca, sobre todo cuando le sonreía.

Pero aquellos labios no sonreían y Wade se preguntó qué iría a decir. Hacía años, sus últimas palabras selladas con un beso habían sido que se verían pronto. Había sido una mentira más amarga aún por los acontecimientos que tuvieron lugar a continuación.

Wade sabía desde el principio que el hijo bastardo de una recién llegada no podía mantener relaciones con la hija de una de las familias más destacadas de Kinley, pero había esperado de ella algo más que el silencio. Se preguntó si al mirarlo vería en él el inocente que había sido o el novelista de éxito que había llegado a ser. Claro que su opinión ya no importaba.

Leigh se detuvo a unos pasos de él y echó hacia atrás ligeramente la cabeza para mirarle a los ojos. Había olvidado lo menuda que era. Wade medía algo más de uno ochenta, Leigh apenas le llegaba a la barbilla. Wade sintió un aguijonazo en el corazón al recordarse que era más fuerte de lo que parecía.

No hubiera querido sentir nada, pero le recordaba a una época de su vida en la que había creído en el amor y la felicidad duraderos. No, sabía si el dolor de su corazón era debido a la pérdida de su madre o a la reaparición de Leigh, pero no permitió que su rostro reflejara sus emociones. Ella había aplastado sus sueños con la misma ligereza de quien apaga una colilla y Wade había sufrido tanto que ocultar sus emociones era para él como una segunda piel.

– Hola, Wade -susurró ella.

– Hola, Leigh.

No había pronunciado su nombre en doce años y al hacerlo se sintió extraño. Los asistentes habían llegado a sus coches y se iban dejándoles a la orilla de aquel cementerio. Wade se sorprendió de no haberla visto en el entierro ni en el funeral. Quizá la había apartado de su mente como había apartado el recuerdo de lo que ella le había hecho.

– Siento lo de Ena.

Wade imaginó que en su voz había algo muy parecido al miedo. ¿Sería posible que aún tuviera miedo de él? Descubrió que la idea le resultaba agradable. Nunca se había librado del deseo de que ella sufriera por lo que le había hecho pasar.

– Yo también -dijo él con voz hueca.

Seguía llevando el pelo largo y liso pero se había cardado el flequillo, que le caía en mechones sobre la frente. A regañadientes, tuvo que admitir que era mucho más atractiva que a los diecisiete años.

Leigh parecía incómoda bajo su mirada y se apartó el pelo del cuello. Aquel gesto nervioso hizo que Wade se acordara del punto sensible que tenía en la nuca. Leigh apretó los labios. Tenía la frente perlada de sudor y un fino velo de transpiración sobre el labio superior.

– Lo decía por los dos. Ena y yo éramos amigas. ¿No lo sabías? No, claro que no. Supongo que quería que supieras que no eras el único que la amaba.

Wade sintió el impulso de preguntarle cómo podía querer a la madre de un hombre del que se había desprendido como si fuera calderilla, pero se contuvo. No era el momento ni la ocasión para sacar a relucir el pasado, sobre todo cuando había muerto muchos años antes que Ena.

– Siempre dijo que no quería llantos en su funeral -dijo Wade al cabo de un rato-. Decía que había vivido bien y que le gustaría que se tocara música tejana en su entierro. Pero, la verdad, no me siento con ánimos de bailar.

Leigh asintió y trató de sonreír sin conseguirlo. Alzó el brazo sobre el abismo que les separaba y le apretó la mano, un gesto demasiado repentino para no ser espontáneo. Wade dejó su mano inerte, sin rechazar ni responder a su gesto.

– Siento mucho que tenga que ser así, Wade -dijo ella, abandonando el intento.

Wade no supo si se refería a la muerte de su madre o a su reencuentro. Leigh se dio media vuelta y se alejó como si ya no hubiera nada que decir. Él se quedó donde estaba, el sentimiento de pérdida que le había invadido desde su llegada a Kinley se hizo más profundo.


Leigh levantó una caja de frascos y la llevó con esfuerzo a la parte delantera del almacén familiar. Cuando acabó de ordenar los frascos en la estantería, jadeaba. Se sacudió el polvo de los vaqueros y se pasó una mano por la frente sudorosa y polvorienta. Frunció el ceño ante su aspecto. Tenía veintinueve años y nunca había tenido un trabajo que le exigiera llevar otra cosa que unos pantalones vaqueros y una camiseta.

Las campanillas de la puerta tintinearon avisándola de que un cliente acababa de entrar. Se asomó por una esquina del mostrador y fue recibida con una risa suave. Drew, su hermano menor, se le acercó y le pellizcó la mejilla.

– ¿Qué te parece tan divertido, Drew?

Los ojos de su hermano chispeaban de gozo. Drew sacó un pañuelo y le limpió la cara.

– Tú -rió él-. No puedo creer que seas dos años mayor que yo. Con esa coleta y la cara sucia no aparentas más de diecisiete.

Diecisiete. A esa edad había cometido el error de creer que podía manejar a Wade Conner. Había sido lo bastante ingenua como para creer que una adolescente tonta podía mantener a raya la pasión de un hombre y había pagado muy cara su equivocación.

– ¿A qué viene ese ceño, Leigh?